El respeto a toda persona desde el momento de la concepción hasta la muerte, en cualquier etapa de su desarrollo, es la base de toda civilización humana. Y es el concepto que tenemos de ser humano y de persona lo que marcará nuestra manera de enfocar la educación y la vida. Podríamos afirmar que cualquier persona es un ser constituido con destino trascendente que se mueve siempre entre la indigencia al nacer y la apertura al mundo. Porque siempre necesita a los demás y debe estar abierto a los demás. Desde nuestro  nacimiento hasta la muerte necesitamos la colaboración de los demás, no viviríamos si no tuviéramos ayuda.

En la historia de la humanidad, la persona discapacitada ha sido eliminada, escondida, aunque ahora está más asistida. Pero en esta sociedad tan humanizadora y deshumanizante, la paradoja es que puede ser eliminada antes de nacer, o estar mucho más atendida desde que llega al mundo (en las escuelas, en la eliminación de barreras arquitectónicas, en dar servicios de apoyo…). Sin embargo, estos nuevos servicios no son suficientes porque muchas veces se hacen por decreto, donde prima apoyar a “todos” pero sin conocer su verdadera necesidad, porque no se valoran sus dificultades personales y sus posibilidades.

Esta  imagen  podemos  encontrarla  en  muchos colegios porque la uniformidad es lo que les gusta a los profesores cuando no tienen la capacidad de ver la diferencia como un valor en la educación.

¿Es la escuela  lugar de aprendizaje? La escuela  es  mucho  más  que  esto. Porque evidentemente a la escuela van  a adquirir conocimientos  pero también a convivir, a aprender a conocer a los demás, en definitiva a descubrir la alteridad, el estar con  los otros para comprender, para compartir, para participar de momentos de diversión, de trabajo, de alegría, de tristeza. A valorar el esfuerzo propio y el esfuerzo de los demás. A aceptar normas, límites.

Hay cuentos para adultos que lo ilustran muy bien, como por ejemplo “El punto”.

Pequeños pasos de éxito

Si le damos al alumno/a la seguridad, la autoestima necesaria para que haga, para que se sienta competente, esto nos servirá de base para posteriores trabajos. Por esto, cuando tenemos un niño que tiene evidentes dificultades lo más importante es encontrar su zona de confort, que es en definitiva lo que sabe, lo que conoce, lo que domina… Tanto en conocimientos: sería absurdo poner a un niño a sumar y restar sino es capaz de entender, de saber los conceptos numéricos, cantidad, descomposición numérica… Como también en los hábitos: sino es capaz de sentarse correctamente no podremos pedirle que coja los cubiertos correctamente, que use la servilleta, que no tire el agua…

Todos los conocimientos no solo han de apoyarse en conocimientos básicos anteriores sino que su progresión ha de estar bien secuenciada en pequeños pasos, para que la dificultad no los lleve al fracaso, porque si no tienen expectativas de éxito ya no se esforzarán en su tarea.

Para educar la diversidad, se debe entender el aula como:

  • Un lugar de autoconocimiento, destacando o potenciando aquello que es más positivo para cada uno
  • Los alumnos son sujetos de formación, no de instrucción
  • Debemos ayudar a identificar las dificultades que se van encontrando en su proceso de aprendizaje
  • Hay que ayudarlos a buscar las estrategias  para superar las dificultades
  • Ser positivos, enfatizar más los logros
  • Es un lugar de socialización, propiciando las buenas relaciones y la solución de los problemas interpersonales
  • Ayudarles a ser más reflexivos que impulsivos
  • Participación a traves de trabajos en grupo y cooperativos
  • Anticipar antes de empezar qué harán y por qué
  • Crear situaciones de aprendizaje que estén relacionados con sus propias vivencias, que tengan sentido para ellos
  • Favorecer los aprendizajes comprensivos más que los repetitivos.
  • El aula como lugar de comunicación

La educación está para sacar de los niños lo mejor de ellos mismos. Pero para esto han de sentirse competentes, capaces.

Meri Rutllán

Experta en educación inclusiva

Al transmitir órdenes hay que procurar que sean cortas, concretas, asumibles, pero no consensuales porque el chico debe percibir que estamos seguros de lo que decimos, que a través de la palabra les estamos transmitiendo modelos de conducta. No se trata de convencer, se trata de  transmitir. Los adultos no somos colegas, somos guías. A veces les podemos dar una explicación pero otras no, es cuestión de que confíen en el adulto. Algunas veces se les puede dejar escoger pero otras veces, como ya sabemos la respuesta, no lo hacemos. Lo más importante es que nuestra palabra y nuestra acción tienen que tener coherencia.

Meri Rutllán

Experta en educación 

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